Ángela Rodríguez

Psicología Perinatal

 

 

LA CULPA DE LAS MADRES Y EL MUNDO LABORAL

 

Convertirse en madre es un proceso de cambios a nivel biopsicosocial, de adaptación y de aprendizajes. Cuando una mujer es madre tiene que lidiar con la presión social que ejerce el entorno y  la cultura que impone la etiqueta y las condiciones de «ser buena madre». Esto abre un debate interno continuo entre lo que debería ser o hacer en su maternidad y lo que realmente desea o puede hacer. Ser madre las coloca en el punto de mira de la sociedad la cual se toma la libertad de opinar sobre sus decisiones y juzgarlas por ello.

Uno de los temas frecuentes que son motivo de crítica externa y que genera malestar en las mujeres es la incorporación al mundo laboral después de ser madre.

El dilema de la incorporación laboral de las madres

La vuelta al trabajo no siempre coincide con el fin de la baja maternal, algunas mujeres han sido madres hace tiempo y se plantean la posibilidad de incorporarse nuevamente al mercado laboral.

En este sentido las mujeres pueden tomar diferentes caminos, ,entre otros está el desear volver al trabajo, el querer quedarse en casa con su criatura o hacer alguna de las anteriores por necesidad y no desde el deseo ya que no siempre hacen libremente estas elecciones respecto a su maternidad y vida laboral. Los escenarios son variados.

Lo que parece claro es que la presión social está ahí en ambos bandos:

Si se reincorporan es frecuente que aparezca la presión porque deben ser una buena madre y además tienen que ser una buena profesional. La exigencia y demanda social les pide que estén al 200%, no pueden fallar en ninguna de las áreas. También pueden sentir que no son «buenas madres» por querer incorporarse, quizá piensen «debería querer estar con mi criatura», «¿lo estaré haciendo bien?». Socialmente aún existe para muchos la creencia de que una «buena madre» es aquella que se queda en casa y que desea estar 24/7 con su criatura.

«Una buena madre sí pero no una buena mujer o una mujer del mundo actual» pensarán otros.

Porque si  se quedan en casa también aparece la presión social porque aunque seas «buena madre», la sociedad hace que se pregunten si están siendo un buen modelo de mujer. Da la impresión que en ocasiones la maternidad se ha demonizado: querer tener hijos y dedicarse a la crianza de los mismos parece que se ha convertido en un acto de sumisión, como si fuera ir para atrás. «Qué pensarán mis amigos y familiares de que me quede en casa», «qué pensarán si renuncio a ese puesto de trabajo» son algunos pensamientos frecuentes. Como si la crianza no tuviera valor ni reconocimiento por no ser un trabajo remunerado. 

 

La presión social y los estereotipos de ser una buena madre y una buena mujer son agotadores. Conciliar con estas exigencias sociales (quedarse en casa versus volver a lo laboral) es inalcanzable, irreal pero sobre todo estas exigencias son violentas y culpabilizadoras.

 

El juicio externo afecta emocionalmente a las madres: hablemos de la culpa

Lo que es común a casi todas las realidades respecto a lo laboral es que las exigencias sociales en la maternidad favorecen la aparición de sentimientos de ambivalencia, tristeza, enfado y vergüenza, pero sobre todo de culpa.

La culpa en la maternidad es un sentimiento colectivo. Si hablamos sólo del ámbito laboral poco se escucha en nuestra sociedad que se critique al hombre por reincorporarse tras su baja paternal, decida dedicarse a la crianza o cualquier otra decisión que tome al respecto.

En general la culpa es invalidante, lleva  las mujeres a dudar de su criterio personal y poder tomar una decisión congruente con sus necesidades y las de su familia. Una madre invalidada por la sociedad tendrá mayor dificultad para conectar con ella misma y con su bebé porque se sentirá egoísta por las decisiones que vaya tomando respecto a su crianza. Se sentirá culpable por incorporarse o no al trabajo, no hacer lo que «debería» según indica el discurso social. En este sentido se puede hacer mucho daño a las madres respecto a su rol materno: minar su confianza en sí mismas, hacerlas sentir inseguras en su crianza, infantilizarlas, señalarlas como malas madres o mala mujer, entre otros.

Para las madres es frustrante y agotador el sentirte juzgada por todos. Y la realidad es que en esta sociedad no existen espacios para conciliar realmente, para trabajar y maternar como se quiere. Pero esto es otro melón que no toca abrir ahora.

 

Si ves una madre trabajando o en casa, no la juzgues.

Se ha normalizado que la gente opine, critique y juzgue la maternidad de cada mujer, que sea la sociedad quien imponga qué debe hacer una madre en cada etapa. Encajar en el molde social de lo que se espera de una madre no es fácil ni debería ser un requisito para sentirse bien quedándose en casa o estando en la oficina (aplicable a cualquier ámbito de la maternidad).

Cada mujer hará un camino en base a las necesidades propias y familiares teniendo en cuenta la realidad en la que se encuentra y las posibilidades que tiene. Como se ha señalado antes, no siempre las mujeres escogen incorporarse o no de manera deliberada sino que están atadas a otros condicionantes.

Por esto es importante es que las mujeres puedan deshacerse de esta culpa, entendiendo que no es suya sino que las exigencias sociales por lo que deberían ser son irreales e inalcanzables. Se necesita que el entorno social respete a una madre que trabaja o se queda en casa, ya que se desconoce lo que la lleva a hacerlo. Esa es su maternidad y merece ser respetada ante todo. 

Y mientras tanto que se permitan conectar con la opción que más les conviene a ellas y a su familia, que valoren los pros y los contras de las mismas, que observen qué desean y qué posibilidades tienen. Incorporarse al trabajo o quedarse en casa no les hace buenas o malas madres, lo hacen lo mejor que saben y pueden en ese momento atendiendo a sus circunstancias. 

 

Escrito y publicado en Instituto YEM (noviembre 2021)

 

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